Dirección: Pawel Pawlikowski
Guión: Pawel Pawlikowski, Henk Handloegten
País: Polonia
Reparto: Anna Madeley ; Sandra Hüller ; August Diehl ; Theo Trebs ; Philip Lenkowsky.
Paweł Pawlikowski, el director polaco ganador del Oscar a mejor película extranjera por “Idą» y celebrado en todo el mundo por la maravillosa “Cold War”, regresa al cine por todo lo alto en la competencia oficial del Festival de Cannes con su más reciente proyecto “Fatherland”.
La trama es aparentemente minimalista, el escritor alemán Thomas Mann regresa a Alemania en 1949, después de casi dos décadas viviendo en Estados Unidos, para realizar una gira nacional donde será homenajeado en cada lugar donde llega. Su compañera de viaje y asistente es Erika, su hija, quien se ocupa de su agenda, edita sus discursos sobrecargados de figuras de estilo y funge de chofer personal.
El prólogo de la película nos muestra una conversación telefónica entre Klauss y Erika, hermanos, hijos del genio. Entendemos que, como en toda familia, los traumas siguen vivos y muy presentes. Los hermanos se quieren, se extrañan; pero esta figura endiosada del padre, que por cierto no puede ver más allá de sus narices, los mantiene distanciados.
Me tomo un momento para dirigirme a todas las hijas mayores, todas las que sabemos lo que es cargar con responsabilidades que probablemente no nos corresponden. Esta película toca una fibra en particular para todas las personas a las que no se les preguntó lo suficiente “¿cómo estás?” O “¿qué necesitas?”. Me parece que si no has pasado por esa experiencia, las sutilezas van a pasar desapercibidas. Habiendo pasado por eso, no solo como hija mayor sino como familiar de una figura llamada “eminencia” en su rubro, agasajada constantemente con títulos y homenajes, puedo confirmar que “Fatherland” conectó conmigo de una forma especialmente íntima.
Durante el viaje por dos Alemanias, una soviética y otra estadounidense, nos enfrentamos a un país que ha perdido su identidad y que sigue cargando con los fantasmas del nazismo. Hay unas escenas en particular en Frankfurt que nos muestran esos remanentes. Y de cierta forma, esto sirve como reflejo del mundo interior de los protagonistas. Padre e hija incluso conversan sobre qué es el hogar, de dónde se sienten parte, sin encontrar una respuesta real. A través de este viaje externo e interno, conocemos los cambios que atravesó Alemania luego de perder la guerra, y también los cambios que van viviendo los personajes conforme se desarrolla la historia.
Cabe destacar un momento en particular, tal vez la única que nos causa gracia, cuando, en un coctel muy chic en Frankfurt, los nietos del compositor Wagner (adorado por Hitler) le piden apoyo a Mann para reinstaurar un festival de música dedicado a su abuelo. La respuesta del escritor nos saca las únicas risas de la película.
Pero todo lo demás existe en un registro contenido, rígido y distante. Desde la relación casi enteramente laboral entre padre e hija, hasta el exceso de protocolo en cada parada del viaje. En ese sentido, los protagonistas SANDRA HULLER y HANNS ZISCHLER, encuentran y mantienen el tono perfecto para encarnar no solo el parentesco familiar, sino para reflejar una nación fragmentada.
Todo indica que Pawlikowski tiene una predilección por el periodo de la guerra fría en blanco y negro. De preferencia fotografiado por su frecuente colaborador Łukasz Żal, quien hace un trabajo impecable nuevamente. El director logra hacernos sentir en 1949, en parte gracias a un excelente trabajo de diseño de producción, dirección de arte y casting.
Thomas Mann es presentado como un hombre virtuoso, inteligente, grandilocuente y narcisista. Da la impresión que su producción laboral e intelectual le importa bastante más que su producción genética, es decir, sus propios hijos. Se explora como, a raíz de la guerra y sus consecuencias, este hombre ,en el ocaso de su vida, sigue creyendo que sus palabras pueden cambiar al mundo.
De hecho, hay un momento en particular donde su hija lo confronta. Probablemente la mejor escena de la película. Pero más que darnos respuestas, “Fatherland” nos pregunta ¿de qué sirve la adulación de los demás, si no cuentas con el cariño y respeto de tu propia familia? ¿De qué sirve el premio Nobel de Literatura si tu propio hijo no te habla hace años?
Erika Mann representa la dedicación (muchas veces tóxica) que algunos hijos tienen con sus padres, poniendo sus intereses por delante de los suyos. Por momentos se siente la caldera hirviendo dentro del personaje, quien poco a poco se acerca a la ebullición emocional a causa de la indiferencia de su padre. Si bien la película no desarrolla mucho la vida privada de los protagonistas, nos dan indicios de cómo era su realidad en Alemania, antes de partir.
“Fatherland” nos lleva a un viaje, literal y simbólico, donde la búsqueda por identidad, atención y cariño es la brújula que guía.

