Dirección: David Frankel
Guión: Aline Brosh McKenna. Novela: Lauren Weisberger
País: EEUU
Reparto: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Justin Theroux, Lucy Liu, Kenneth Branagh, B.J. Novak, Simone Ashley, Tracie Thoms, Tibor Feldman, Patrick Brammall, Caleb Hearon, Helen J. Shen.
«El diablo viste a la Moda» se estrenó hace veinte años y, si bien era una película totalmente formulaica, lo era en el mejor sentido posible de la palabra. En esos tiempos la «fórmula» exitosa partía de aquello que, por experiencia, se sabía que funcionaba bien. A la segura. Pero siempre dentro del mundo del cine. Previo (y esto es fundamental) al cambio de paradigma post redes sociales. Por más superficial que fuera la película, esa ligereza estaba muy bien ejecutada. Se le veían las costuras, sí, pero eran costuras bien puestas y coherentes con el mundo de alta moda que retrataba. Miranda Priestly la aprobaría, aunque fuera con un remedo de sonrisa.
La película seguía una estructura clásica: la del personaje saliendo de su zona de confort y que debe enfrentar obstáculos, transformarse y evolucionar. Un formato que funciona casi siempre porque logra una identificación inmediata. Es fácil empatizar, proyectarse, incluso soñar (por más lejana que sea esa realidad) a través de ese recorrido. sumándole además muy buenos arcos de personajes con un reparto preciso. Un Stanley Tucci excelente, una Anne Hathaway en pleno auge y, por supuesto, un personaje icónico como el de Miranda Priestly, interpretado por la siempre genial Meryl Streep, nominación al Oscar aparte.
Incluso en su dimensión más convencional, la película tenía subtramas efectivas, como el doble interés amoroso de la protagonista, que encajaba perfecto dentro del relato. ¿El resultado? Un clásico instantáneo del género.
Lamentablemente esta secuela, que llega dos décadas después —aunque por momentos parezca que solo hubieran pasado cinco años, al menos en lo físico (tratamientos de por medio) de su elenco— carece por completo de aquello que hacía especial a la original. Y es una lástima. Hasta cierto punto, era previsible, pero incluso con expectativas moderadas, el resultado queda muy por debajo de lo esperado. Da la sensación de ser una secuela concebida únicamente con fines comerciales, más preocupada por replicar el éxito que por justificar su existencia. Y podía hacerlo. Tiempo les sobró.
Es una dejadez inexcusable que, con tantos años de por medio, no se haya trabajado un guion más sólido. Incluso dentro de lo formulaico, había margen para evitar caer en lo puramente algorítmico, que es uno de los grandes problemas del cine actual: genérico, basado en tendencias y mucho más cercano a la lógica de las redes sociales y al lenguaje de lo «clipeable». «El diablo viste a la Moda 2» termina siendo un ejemplo del cambio o salto invertido de «cine» a «contenido».
Y lo irónico es que justamente aquello que la propia película cuestiona en su premisa —el choque entre la prensa escrita tradicional y las redes sociales e influencers— termina jugándole en contra. No solo porque llega tarde a esa discusión (hay varias películas que ya lo hicieron y mejor), sino porque se contradice en su forma. Mientras intenta problematizar ese cambio en la sociedad, termina adoptando por completo las lógicas que dice resistir. Dando como resultado una película contradictoria y algorítmica, diseñada como el típico producto de consumo rápido para calmar las ansias de inmediatez y la onda “clipera” que predomina en el cine comercial.
Encima, «El diablo viste a la Moda 2» funge como antesala a un problema mayor. Esa especie de “presingularidad” creativa que pone en jaque el presente y el futuro del cine. Y no hace falta entrar en terrenos conspiranoicos para notar esa ruta. La sospecha es más que razonable. Este tipo de producciones parecen arar el camino para una integración cada vez más «natural» de la inteligencia artificial en los procesos creativos. Guiones, efectos, incluso actuaciones que tienden hacia la IA. No es solo que la Inteligencia Artificial cada vez se acerca más al hiperrealismo, es que la realidad se va tornando cada vez más artificial.
Es como si, de a poco, se estuviera empobreciendo el contenido. O, más precisamente, transformándolo justamente en “contenido” antes que en cine. Acostumbrando al espectador a una experiencia cada vez más estandarizada. Una transición donde se prepara y reduce la sensibilidad del público para que, cuando el salto sea definitivo, no se perciba y sea continuo. Orgánico. «Natural». Y en ese punto, quizás lo más inquietante no sea que se acepte, sino que se termine disfrutando y abrazando sin demasiada, por no decir nula, resistencia.

