Dirección: Radu Jude
Guión: Radu Jude. Obra: Octave Mirbeau
País: Rumania
Reparto: Ana Dumitrascu, Mélanie Thierry, Vincent Macaigne, Marie Rivière
Con «Diary of a Chambermaid», Radu Jude —el enfant terrible del cine rumano contemporáneo— entrega una de las comedias más afiladas y divertidas de esta edición del Festival de Cannes. Muy fiel a su estilo, el director vuelve a construir una sátira provocadora sobre las élites europeas, en este caso particularmente sobre la burguesía francesa.
Hay algo de Ruben Östlund en esa intención de incomodar y ridiculizar a cierto sector privilegiado de la sociedad, aunque Jude lo hace con bastante más tino, humanidad y menos artificio, entendiendo mejor las contradicciones internas de sus personajes y del entorno que retrata.
Además, resulta inevitable encontrar similitudes entre la Rumanía de Jude y ciertos espacios limeños. No solo en términos sociales o económicos, sino también en la manera en que las personas habitan la ciudad, se desplazan y conviven dentro de ella. Las películas de Radu Jude tienen algo extrañamente cercano para nosotros. Incluso cruzárnoslo en Cannes nos generó esa sensación de familiaridad, como si fuera uno más de los vecinos de nuestro edificio. Y probablemente ahí también reside parte de la conexión tan inmediata que generan sus películas: su mundo, de alguna forma, termina pareciéndose bastante al nuestro.
La película sigue a una empleada doméstica rumana que trabaja para una familia adinerada parisina. A través de su rutina cotidiana —que incluye también funciones de nana y cuidadora—, Jude va desmontando las dinámicas de hipocresía, condescendencia y paternalismo que sostienen la relación entre clases. Y lo hace desde el humor, sí, pero también desde una profunda tristeza relacionada a la protagonista. Porque detrás de cada comentario aparentemente amable o progresista aparece siempre la jerarquía económica. La película entiende muy bien cómo estas relaciones terminan naturalizando abusos y desigualdades bajo discursos supuestamente civilizados.
El contraste entre ambos mundos es potente: mientras la familia francesa vive rodeada de comodidad y privilegios, la protagonista enfrenta una vida precaria, separada de su hija y de su madre, con quienes solo puede comunicarse a través de videollamadas. Ana Dumitrascu, la protagonista, está brillante y con un timing cómico extraordinario, verbalizando constantemente esas frustraciones e injusticias, muchas veces insultando en voz baja a la familia o descargándose en conversaciones íntimas lejos de ellos. Son pequeños momentos de catarsis que Jude utiliza para revelar todo aquello que se piensa y se sabe.
Otra capa particularmente interesante se encuentra en que la protagonista ensaya una obra de teatro para una clase universitaria de clase alta, donde de alguna manera termina interpretándose también a sí misma. Otra constante en el cine de Radu Jude, donde lo teatral funciona como herramienta para exponer máscaras sociales. Ya sea desde lo metafórico o desde una teatralidad literal, el director entiende que gran parte de la vida contemporánea funciona como una puesta en escena permanente.
Finalmente, son las conversaciones, los diálogos y las pequeñas situaciones cotidianas las que terminan consolidando el verdadero objetivo de la película: poner en evidencia las contradicciones y la hipocresía de una sociedad que constantemente performa empatía y corrección moral mientras reproduce exactamente las mismas estructuras de abuso de siempre. Y Jude, nuevamente, lo hace riéndose de todos, incluso de nosotros mismos.

