Dirección: Rodrigo Sorogoyen
Guión: Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen
País: España
Reparto: Javier Bardem · Vicky Luengo · Raúl Arévalo · Marina Foïs · Mourad Ouani · Raúl Prieto · Melina Matthews · Laura Birn · Núria Prims
Desde que «El Ser Querido» fue anunciada junto a su premisa, el chiste empezó a contarse solo. Era inevitable pensar en «Sentimental Value» de Joachim Trier, una de las películas más queridas y celebradas del años pasado tanto en Cannes como dentro de la cinefilia contemporánea e incluso en los Oscar. De hecho, aparentemente el propio Sorogoyen llegó a preocuparse por las similitudes. Felizmente, todo eso queda únicamente en la superficie. Porque más allá de ciertos puntos de partida en común, estamos frente a una película radicalmente distinta en forma y tono.
En «El Ser Querido»: «El aclamado director de cine Esteban Martínez (Bardem) es una leyenda tanto por sus películas como por un pasado marcado por la violencia y los excesos. En su nuevo proyecto, le ofrece un papel a su hija Emilia (Luengo) con el pretexto de ayudarla a relanzar su estancada carrera como actriz. Convivir en el set fomentará una cercanía que no han compartido en años, pero también reabrirá viejas heridas que nunca cicatrizaron.»
Aquí Sorogoyen entra de lleno en uno de los subgéneros más fascinantes: el cine dentro del cine. Un espacio particularmente atractivo para quienes viven el cine desde cualquier frente, ya sea como realizadores, críticos o cinéfilos empedernido. El director utiliza el rodaje como herramienta narrativa y emocional para explorar algo mucho más íntimo y doloroso: la relación fracturada entre un padre y una hija que fue abandonada y que ahora debe reencontrarse con él.
Y justamente es a través del proceso de filmación donde esa relación empieza a reconstruirse y también a destruirse constantemente. Las tensiones del pasado, los fantasmas, las heridas no resueltas y las dinámicas de poder aparecen tanto en el vínculo padre-hija como en el de director-actriz. El rodaje termina funcionando como una excusa perfecta para profundizar en aquello que nunca pudo ser dicho directamente. Y al mismo tiempo, Sorogoyen aprovecha ese dispositivo para jugar brillantemente con las diferentes capas de ficción: la película que vemos, la película que se está rodando dentro de ella y las emociones reales que atraviesan a los personajes.
Ahí es donde emerge toda la maestría formal del director español. A través de movimientos de cámara, transiciones y un uso extraordinario de los primeros y primerísimos planos, Sorogoyen consigue que las distintas dimensiones narrativas se abracen constantemente. Todo se mezcla: la actuación, el rodaje, la vida real, la ficción y el dolor emocional. Y como ya ha demostrado antes, vuelve a confirmar que probablemente nadie en el cine español contemporáneo maneja la tensión como él.
Hay una escena particularmente extraordinaria —una comida durante el rodaje donde todo empieza a descontrolarse— que ya se siente como uno de esos momentos destinados a permanecer dentro de la memoria del cine español reciente. Algo similar a lo que sucedía con aquella inolvidable secuencia del bar en «As bestas». Gracias a esa capacidad para generar tensión, suspenso e incluso una sensación cercana al horror únicamente a partir de diálogos largos y encuentros entre personajes. Atrapándote además desde el minuto uno sin soltarte hasta el último segundo.
Finalmente, el trabajo actoral es descomunal. Ambos protagonistas están extraordinarios, pero lo de Javier Bardem tiene algo gigantesco, feroz y profundamente vulnerable al mismo tiempo. Merece absolutamente todos los premios posibles. Y sí, probablemente sea la mejor interpretación de toda su carrera.
Además, nunca había estado tan guapo.

