Jueves, Abril 18, 2024

Berlinale: Primera parte

Escribe: Luis Vélez desde Berlín
Primer despacho: La cocina: Cinematografía desbordada, lo “meta” en A Different Man, más una película inaugural deslucida y un título soso. 

Por segundo año consecutivo, van para Cinestesia los despachos in situ desde la 74 Berlinale, con comentarios, en primer lugar, sobre dos filmes “imperfectos” en su complejidad, no obstante destacables por su buena ambición y cumplimiento; en mi opinión, desde luego. Continúo con un par de breves, uno sobre la película de inauguración, el otro sobre un título soso. Ya habrá tiempo para hablar del contexto político en el que se desarrolla uno de los festivales de cine más importantes de Europa y del mundo.

La cocina, de Alonso Ruiz Palacios.-
(México, Estados Unidos, 2024)
En competencia

Una de las películas de mayor expectativa en la competencia principal del festival, sin duda por el corpus de las tres películas previas de su director (curiosamente ganadoras de premios en pasadas ediciones de la Berlinale, la apuesta a que la racha continúe), de sofisticación cinematográfica y textual, al margen de los presupuestos. La cocina tiene puntos de encuentro con cada una de ellas, iniciando con el retorno al blanco y negro (que aleja a La cocina, intencionalmente o no, del manido colorido del food porn) y aspect ratio académico de Güeros, la ópera prima de Ruizpalacios. Naturalmente otras extrapolaciones provienen de The Kitchen, la obra de teatro de Arnold Wesker de 1953 en la que se basa y de la que se obtiene el sustrato primordial de la multiplicidad de personajes de diversas nacionalidades, confluyendo en un entorno metafórico de relaciones y conflictos, la cocina de un restaurante que sirve a decenas de comensales, transcurriendo la acción en una jornada específica. El desafío obtenido de adaptar la historia del Londres de posguerra a la Nueva York central de migrantes latinos, espacio-tiempos de integración y colisión, está ahí, con el eje del vigoroso cocinero mexicano Pedro (el alemán Peter en la obra original), es el primer gran acierto de La cocina.

Subrayar en este punto la sobresaliente performance del enorme Raúl Briones (protagonista de Una película de policías, de Ruizpalacios) y cómo los “temas” impregnan bien en la película: las aristas de la migración, la masculinidad tóxica, el capitalismo salvaje, los orígenes y sus hablas. Humor y tragedia, separaciones por factores identitarios, contrastes, La cocina divierte y cautiva cuando no se sale de su cauce. La dimensión teatral se traslada al filme en virtud de una arquitectura ambiental y visual reconocibles (o no tanto) del restaurante: el comedor, las oficinas, los almacenes, el frigorífico, la trastienda y la cocina en sí, centro del calor (en la acepciones físicas y narrativas) entre fogones, sartenes y cuchillos, las estaciones de cada cocinero como parapetos defendidos territorialmente por el respectivo encargado de hornear las pizzas o freír los pollos. Luego, en función del carácter coral de una puesta en escena en la que Ruizpalacios se toma el tiempo de presentar a cada personaje -y sus relaciones jerárquicas e íntimas, características idiosincráticas mediante- hasta el punto de distinguirlos uno por uno, otro plausible logro de La cocina, al que hay que sumar dos potentes plano secuencias: uno al servicio del diseño de las dinámicas de un cotidiano intenso, el otro, para mostrar el desmoronamiento del protagonista. 

Una película de mucho ritmo y vibras musicales (amén de una selección coral y orquestal afín), de escapes fantásticos y desbordes como los de una fuente incontenible de Cherry Cola (se entiende la referencia al verla); que en sus pausas carga los altibajos; entre los altos, el inicio conducido por Estela (Anna Diaz, un descubrimiento), encarnación de la recién llegada indocumentada entrando por la puerta de atrás, el definido intermedio de la historia y una reflexión sobre la relatividad de los sueños y la verdad de los relatos; entre los bajos, el componente romántico/confrontacional entre Pedro y la camarera Julia (Rooney Mara), pendulando entre la solidez y una incomodidad filosófica. No todos los excesos de La cocina funcionan. Aún así, en una película que más bien por sus méritos será probablemente una de las estrellas del año del cine latinoamericano y que confirma a Ruiz Palacios como uno de sus prominentes autores. 

La Cocina Berlinale

A Different Man, de Aaron Schimberg.- 
Estados Unidos, 2023
En competencia

Partamos del hecho de que el lugar de enunciación de A Different Man es la experiencia o cúmulo de experiencias y dudas personales del director/escritor/autor del filme, Aaron Schimberg, quien en la vida real nació con una malformación congénita del rostro e hizo de ello una motivación para Chained for Life, película previa a A Different Man que lidia con más de un asunto en común a esta. Chained for Life (2018) iba de los conceptos de la relatividad de la belleza, la empatía y el rechazo en el contexto de una representación protagonizada por una actriz de “clásica hermosura” y un hombre desfigurado, este último interpretado por Adam Pearson, exitoso actor, presentador y activista británico con una condición de neurofibromatosis, que con su participación eleva A Different Man a un estatus metacinemático/metaficcional. Así, en A Different Man a estos conceptos iniciales van sumándose otros, resultando a la vez en una muy hábil conjunción de géneros: thriller, drama, comedia negra y ciencia ficción cercana a la serie B, definitivamente no un cuendo de hadas ni una estereotípica fábula sobre “la autoestima”, más bien un particular ensayo sobre representación, apariencia e identidad.  

El carácter metaficcional de A Different Man radica también en la interpretación de Sebastian Stan, a vista de muchos un atractivo y popular actor, que tendrá una especie de alter ego en la película de nombre Guy Moretz; sin embargo, el origen de Guy Moretz es Edward, personaje con la condición real de Adam Pearson que Stan caracteriza con el uso de prostéticos y maquillaje, espinoso aspecto de las ideas de la representación, igualmente tratado al interior de una historia que transita por etapas, en las que Edward batalla una lucha, de sentimientos diferentes o encontrados sobre su apariencia física presente y pasada. Es en este ciclo de Edward queriendo ser otra persona, Edward “convirtiéndose” en esta otra persona, esta otra persona deseando volver a ser Edward y el abanico de significados que va adquiriendo el “ser Edward” -más aún cuando al relato arriba Oswald (Adam Pearson)- que radica la destreza narrativa de A Different Man. No dejar de mencionar a Renate Reinsve (la recordada actriz de The Worst Person in the World, 2021) en un rol pivotal y de encanto para el devenir de Edward (o los Edward) y Oswald. 

A Different Man

Small Things Like These, de Tim Mielants
Irlanda, Bélgica; 2024
En competencia y película inaugural

Me ha de ser claro que la elección de este largometraje realizado por Tim Mielants, consolidado más como director en prestigiosas series de televisión, como película inaugural de la 74 Berlinale y dentro de la competencia principal obedece a lo mediático de ser “la siguiente película con Cillian Murphy después de Oppenheimer” (a quien Mielants dirigió en la tercera temporada de Peaky Blinders). El filme no pasa de ser correcto en su tratamiento y adaptación de un reciente libro homónimo de la autora irlandesa Claire Keegan, con guion del dramaturgo irlandés Enda Walsh. La mención de la nacionalidad, compartida con Murphy y una mayoría del elenco, no es gratuita: el libro y la adaptación cinematográfica abordan el prolongado capítulo oscuro en la (no tan lejana) historia de Irlanda, otro más en la de la Iglesia Católica: el de las Lavanderías de la Magdalena o Asilo de las Magdalenas. La atención la puse en la ilustración inferencial de una pequeña comunidad obrera y la pesquisa del carbonero Bill Furlong al interior, en la que la fe católica y sus agentes, llamada a hacer el bien, es centro de oscuras atrocidades, colándose por entre las entrañas del pueblo. Aún así, poco favor le hacen a Small Things Like These personajes cliché como el de la malvada madre superiora (una Emily Watson de rostro adusto) secuencias en flashback para entender la psiquis de Furlong o su martirio en el tiempo presente de la película. 

Small Things Like These

Another End, de Piero Messina
(Italia, 2024)
En competencia

La habitual buena premisa mal ejecutada, en esta oportunidad por el italiano Piero Messina, otro director cuya obra visible se encuentra en series de televisión y parece no conseguir reflejar su talento en la pantalla grande. En este melodrama romántico sci-fi, definitivamente atractivo es acudir al planteamiento de la existencia de una tecnología que permita trasladar temporalmente la conciencia y memoria de un ser querido fallecido en el cuerpo de otra persona con el objetivo de ganar unos días para la despedida final. Aún así, en Another End, con una puesta en escena fría e insulsa, una cadencia tediosa y una duración dilatada, la percepción de sustancia se hace tardía, cuando no hasta el mero estiramiento del final, que no está mal pero pudo estar mucho mejor. Una pena por un trabajo que ha de tener referentes en Vertigo (1958) y Abre los ojos (1997) y que vendría ser el nuevo filme de autor con Gael García Bernal a bordo. Con todo ello, ni la buena participación de Renate Reinsve (por partida doble en la competencia principal de la 74 Berlinale) ilumina Another End o acaso alcanza para generar química con García Bernal. Por si fuera poco, Bérénice Bejo y (más aún) Olivia Williams, como caracteres funcionales poco tienen que aportar dentro de una película que desde el título se vuelve simplista, a pesar de su interesante revelación colofonaria.  

Another End, de Piero Messina
Cinestesia
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