Dirección: Nadav Lapid
Guión: Nadav Lapid
País: Israel
Reparto: Ariel Bronz, Efrat Dor, Naama Preis, Aleksei Serebryakov, Sharon Alexander
Si bien la Palma de Oro es más que merecida y «Un simple accident» es la película «política» más importante del certamen, es indispensable rescatar «Yes!», uno de los mejores títulos de esta edición y que por su vena contestataria y hemorragia atípica queda afincada en la lista de imperdibles.
Es como un Ruben Östlund en esteroides, para alejar a los odiadores del director sueco y acercar a los adoradores de él. Pero a diferencia del cine de Ruben, detrás de la típica y estridente verborrea, en «Yes!» hay una intención más que importante y valiente, que no solo queda en reírse de los ricos siendo uno de ellos.
En «Yes!«, «el drama, ambientado tras los atentados de Hamas del 7 de octubre, sigue a Y., un músico de jazz en apuros al que se le encarga la tarea de poner música a un nuevo himno nacional.»
Tuvimos la suerte y dicha o infortunio y desgracia de cerrar nuestro periplo por Cannes con «Yes!». Una contradicción precisa para lo que una película como esta implica, más aún cuando al final de una edición uno está hecho polvo emocional y físicamente. En ese estado decrépito, una metralleta cinematográfica levanta a cualquiera, pero también termina de finiquitar al alicaído. Es tanto, demasiado, lo que se lanza e inyecta sobre los sentidos de manera desenfrenada e ilimitada, que uno queda totalmente aturdido y empalagado. De mucho de lo bueno, por no decir todo, pero finalmente sobrellevado por la carga. De largo. Como una inyección de adrenalina como último y fallido recurso.
Y es que en «Yes!» el zamacón viene de dos lados.
Uno está en la puesta de escena y guion (comportamientos de los personajes) de Lapid. Con una cámara que se mueve, baila, explota, junto a ellos. Nunca se detienen, siempre están hiperactivos y en búsqueda de sorprender, excitar y exacerbar. Es el «too much» hecho cine. Donde no es el tiempo muerto, el silencio, plano almohada o cómic relief el que permite sostener y soportar, sino el tema tratado. El otro lado.
y eso otro está en aquello que es retratado. La sociedad Israelí a partir del fatídico hecho del 7 de octubre y el genocidio que le precedió. El retrato, caritacturesco y vil pero preciso y afilado, es brillante. Navid, como un topo genial o un caballo de Troya del siglo XXI, se inmola y se lleva de encuentro a su pueblo, su gente, su familia, sus costumbres, su legado, en pos de tumbarse todo lo malo, malévolo y terrorífico que aquella sociedad hace y representa. Sin miedo. Sin asco. Sin peros que valgan.
Hay cuestiones tan desgraciadas y perversas que no deben ser abordadas de forma políticamente correcta, tamizadas con el tiempo y la razón o pensando en lo estético. Sino que deben ser enfrentadas y miradas con la misma cara de la moneda. Por más que sea una demoniaca.


