Dirección: Andrey Zvyagintsev
Guión: Andrey Zvyagintsev, Simon Lyashenko
País: Rusia
Reparto: Dmitriy Mazurov, Iris Lebedeva, Varvara Shmykova, Juris Zagars, Anton Lytvynov, Vladimir Friedman, Yuriy Zavalnyouk, Rudgy Pajany, Alex Sinos
La nueva película del ruso Andrey Zvyagintsev era, desde su anuncio, una de las más esperadas de esta edición de Cannes incluso antes de ser vista. El director, ya premiado anteriormente en el festival, no solo llevaba muchos años sin realizar una película, sino que además durante la pandemia del COVID quedó gravemente enfermo por el virus, al punto de casi perder la vida. Las complicaciones físicas y médicas posteriores le impidieron trabajar durante mucho tiempo. Por lo tanto, su regreso —tanto pensando en la salud de la persona como en el talento del cineasta— convertía automáticamente a esta película en uno de los grandes acontecimientos del festival.
Y no sorprende que el resultado final haya estado a la altura de las expectativas. «Minotauro» es una de las mejores películas de esta edición y vuelve a demostrar el talento y la elegancia de un verdadero maestro detrás de cámaras. Hay pocos directores en Cannes (y en el mundo) capaces de lograr un trabajo tan pulido: una precisión milimétrica en la puesta en escena, en el movimiento de cámara, en la composición y en el ritmo y la cadencia de la película. Pero también en el tono. Porque finalmente el nuevo trabajo de Zvyagintsev es una especie de thriller marital sobre la infidelidad, que tiene como trasfondo la guerra entre Rusia y Ucrania y cómo el eje termina siendo esencialmente el mismo en relación a la idiosincrasia del poder y a la manera en que se perpetúan ciertas dinámicas de fuerza e injusticia.
En «Minotauro»: «Rusia, 2022. Gleb, un exitoso hombre de negocios, se ve acosado por las crecientes presiones empresariales y por un mundo cada vez más inestable. Su vida, tan cuidadosamente ordenada, amenaza con desmoronarse y arrastrarle al colapso emocional y moral. Reinterpretación libre de ‘La mujer infiel’ de Claude Chabrol.»
La película funciona como una potente alegoría del régimen ruso que, aunque haya cambiado sistemas o incluso líderes, sigue sosteniendo estructuras patriarcales, tiránicas y machistas. Algo que el protagonista encarna tanto en su rol de esposo como en el de jefe. Por eso, aunque la guerra permanezca mayormente en el fondo, está constantemente presente en el espacio: en noticias, afiches y comentarios. Siempre mostrada desde el rechazo. Ya sea cortando el rostro de un militar en un cartel, ocultando su identidad o ridiculizando ciertos símbolos de poder, Zvyagintsev busca reducirlos a aquello que considera que realmente representan. Y viniendo de un director exiliado de su propio país, resulta imposible no leer ahí una crítica frontal y dolorosa hacia su patria.
Todo esto ocurre dentro de un thriller que, aunque incorpora momentos de humor negro, se sostiene en una tensión constante. Hay secuencias larguísimas, extendidas deliberadamente, que buscan enfatizar la sangre fría del protagonista, y su incapacidad para empatizar, el ombliguismo y la facilidad con la que es capaz de manipular, traicionar y actuar criminalmente en beneficio propio. Y justamente uno de los puntos más duros de «Minotauro» tiene que ver con eso. Con cómo el poder rara vez castiga a quienes lo poseen, sin importar los métodos utilizados para conservarlo. Lo importante no son las consecuencias, porque muchas veces no las hay, sino los mecanismos perversos a través de los cuales se ejecutan esas acciones.
También se percibe durante todo el relato esa frialdad rusa que literalmente hiela la sangre. Una distancia emocional que se sostiene gracias a la elegancia y contención formal de Zvyagintsev. Quien crea una atmósfera turbia y asfixiante, donde sientes constantemente que todo puede desmoronarse en cualquier momento. El espectador queda atrapado en una especie de limbo observando a personajes encerrados en su propia burbuja, alienados de la realidad. Personajes que sí sufren, claro, pero cuyo sufrimiento termina sintiéndose relativo frente a las dimensiones morales de aquello que representan. Son humanos, pero también hay algo robótico y profundamente desconectado en ellos.
En «Minotauro» —y en la realidad— existe la sensación de que nada realmente va a caer. Que la maquinaria seguirá funcionando, seguirá avanzando y seguirá aplastando todo a su paso, sin importar si lo que destruye es una persona, una familia o un país entero.

