Dirección: Christopher Nolan
Guión: Christopher Nolan. Obra: Homero
País: EEUU
Reparto: Matt Damon · Tom Holland · Anne Hathaway · Robert Pattinson · Lupita Nyong’o · Samantha Morton · Zendaya · Charlize Theron.
Si bien es cierto que Christopher Nolan ha contado que siempre quiso adaptar «La Odisea», uno de los relatos más importantes de la historia de la humanidad, raíz de múltiples narraciones posteriores y un arquetipo fundamental de nuestra forma de entender y contar historias, también es real que este proyecto no surgió de la nada. Como ocurre con otros grandes directores que terminan encarando las obras con las que siempre soñaron —un caso cercano es el de Denis Villeneuve con «Dune», cuya trilogía concluye este año—, Nolan necesitó recorrer un camino, consolidar un estilo, acumular experiencia y alcanzar un nivel cinematográfico que recién hoy le permite concretar aquella adaptación que siempre deseó.
Pero «La Odisea» siempre estuvo en su filmografía. Su deseo de adaptarla fue apareciendo poco a poco, película tras película. Cada una contiene uno o varios elementos del poema homérico. Nolan ha ido construyendo con su cine, lentamente, este proyecto final, que hasta cierto punto se siente como la culminación natural de su filmografía.
En sus obras pueden encontrarse múltiples rastros de esta adaptación. Ahí está «El gran truco», con ese inicio tramposo donde el propio director nos anticipa aquello que va a hacer con nosotros, replicando el engaño del mago de una forma similar a cómo Odiseo reconstruye y narra su propia historia. También está toda la trilogía de «Batman», atravesada por el arco del héroe, su redención, su regreso y la posibilidad de quedarse demasiado tiempo detrás del uniforme hasta terminar convirtiéndose en aquello que combatía. Está igualmente esa idea semilla de «Inception», donde una acción desencadena otra una y otra vez, y la popular «Ley de Zeus». También el hundimiento del barco y la muerte de los soldados en «Dunkirk», y el paralelo con el caballo de Troya. El relato fragmentado que avanza, retrocede y vuelve sobre sí mismo como en «Memento». Y, por supuesto, la odisea espacial de «Interstellar», probablemente la película más cercana a esta adaptación tanto en temática como en estructura, al punto de reencontrarnos incluso con los actores que fungen de científicos exploradores y hasta con imágenes, como una Penélope separada del mundo mediante un biombo, evocando aquellas cuerdas interdimensionales surgidas alrededor del agujero negro. Incluso el amor vuelve a aparecer como camino, como vínculo, como necesidad y como destino.
Es por ello que «La Odisea», en un primer visionado —y es una de esas películas que claramente exige una segunda mirada para terminar de decantar— puede percibirse reiterativa justamente porque muchos de sus elementos ya habían aparecido antes en la obra de Nolan. Hay un regreso constante a ciertas obsesiones, una especie de auto homenaje e incluso una ligera regresión creativa. Pero, al mismo tiempo, existe un nivel técnico de una potencia y grandilocuencia que difícilmente habría alcanzado sin haber construido, poco a poco, su propia odisea cinematográfica.
La película termina sintiéndose, simultáneamente, como la obra más grande, ambiciosa e importante de su carrera. Sin embargo, también genera cierto ruido porque las fórmulas clásicas de la épica dialogan —y en ocasiones chocan— con ese cine profundamente moderno y autoral que caracteriza al director, uno que siempre ha aterrizado la ciencia ficción hacia lo profundamente humano y cercano, y que aquí hace exactamente lo mismo con la fantasía. Ese contraste puede provocar rechazo en algunos espectadores, pero también resulta fascinante cuando un cineasta no solo respeta el material que adapta, sino que lo absorbe por completo para convertirlo en algo propio. Nolan no aterriza únicamente «La Odisea» hacia lo humano; la aterriza hacia lo nolanesco. Que guste más o menos es otra discusión, pero termina funcionando precisamente porque esta siempre estuvo presente en su cine. Que esta sea, oficialmente, su primera incursión en la fantasía es, en realidad, una excusa o simplemente lo de menos.
Y, paradójicamente, es justamente en esos momentos fantásticos donde aparecen algunas de las secuencias más impresionantes tanto de la película como de toda su filmografía. La aparición de Polifemo, el cíclope, es espectacular e incluso terrorífica (y ni qué decir de lo referente a Circe), con claras resonancias al Saturno devorando a su hijo de Goya. Del mismo modo, las constantes referencias pictóricas continúan apareciendo durante las escenas marítimas, evocando incluso La tormenta de Rembrandt. Otro momento memorable llega cuando, por fin, Nolan consigue poner imágenes a aquella frase que todos conocemos: arde Troya.
Todo ello está acompañado por la extraordinaria banda sonora de Ludwig Göransson, quien mezcla instrumentos reconstruidos y estudiados de aquella época con su ya característico sonido tecnológico y contemporáneo. Incluso incorpora las vocalizaciones de James Blake, logrando que la música dialogue perfectamente con la propuesta audiovisual: una fusión entre la épica clásica y el lenguaje cinematográfico profundamente moderno de Christopher Nolan. Basta ver el breve video (en Youtube) donde Göransson explica el proceso creativo para comprender el enorme trabajo de investigación y composición que existe detrás de ella.
Mención aparte merece el elenco. Resulta curioso cómo cada crítico parece quedarse con interpretaciones distintas. Personalmente, considero que todos están a un gran nivel, aunque quienes más destacan son Matt Damon, preciso como Odiseo, y Tom Holland como Telémaco. Ambos acompañados por un reparto de primerísimo nivel.
Lamentablemente, el elenco también terminó siendo objeto de una polémica que nunca debió existir. Antes incluso del estreno, la película recibió una especie de boicot en redes sociales por parte de quienes la calificaban de «woke» o «progre». Un sector muy específico de los llamados film bros, movidos muchas veces por prejuicios relacionados con el machismo o el racismo, decidió rechazar la película simplemente porque algunos actores y actrices, según ellos, no correspondían con el material original, sin siquiera haber visto la obra ni conocer el desarrollo de sus personajes. La única respuesta posible es muy sencilla: primero vean la película. Y si deciden no verla, pues se perderán una gran película. Qué pena.
En el apartado técnico, más allá de la excelencia habitual de Nolan, quizás el aspecto que más divida opiniones sea el montaje. Se trata de una edición profundamente nolanesca: saltos constantes, imágenes aparentemente anacrónicas insertadas entre diálogos y una fluidez narrativa que poco a poco termina absorbiendo por completo al espectador. Sin embargo, también aparecen algunas rarezas de continuidad, sobre todo en determinados diálogos, que pueden generar una sensación extraña durante el primer visionado y que probablemente merezcan una revisión más crítica en una segunda oportunidad.
A ello se suma el hecho de ser la primera película filmada íntegramente en IMAX y toda la discusión sobre cuál es el formato ideal para verla. Evidentemente existen salas que representan de manera más fiel la intención de Nolan, aunque muy pocas personas en el mundo tendrán realmente acceso a ellas. Pero, más allá de esa discusión técnica, hay algo que sí parece indiscutible:
Esta es una película que necesita verse en una pantalla grande. No importa si es la sala más cercana a tu casa, la de tu cine favorito o aquella a la que debas viajar algunos kilómetros. Lo verdaderamente importante es recuperar ese ritual de desaparecer durante casi tres horas para sumergirse en uno de los relatos más profundamente humanos que existen.
Esa es la ley de Zeus.

