Dirección: Cristian Mungiu
Guión: Cristian Mungiu
País: Rumania
Reparto: Renate Reinsve, Sebastian Stan, Lisa Loven Kongsli, Thorbjørn Harr.
Los Gheorghius son un matrimonio internacional, Lisbet es noruega y Mihai, rumano. Tienen cinco hijos, dos adolescentes, dos niños y un bebé. Deciden mudarse a un pueblo costero en los fiordos noruegos, donde ella entra a trabajar en una hospicio para ancianos y él, en un puesto de informática para el cual está sobre calificado.
Se instalan en una bella casa frente al agua y, rápidamente, crean una comunidad local con los miembros de la iglesia. Empiezan a organizar reuniones en su casa y se posicionan como los religiosos extremos del pueblo en los ojos de la mayoría. Hay que entender que están en un lugar muy progresista, donde está estrictamente prohibido hacer cualquier tipo de evangelización, ya sea directa o indirectamente. Es más, pareciera estar prohibido expresar su credo en público.
La hija adolescente, Elia, entabla una cercana amistad con su vecina, Nora (curiosamente, hija del director del colegio al que van los niños). A diferencia de Elia, Nora es una adolescente más “normal”, tiene celular, es rebelde, se escapa de su casa, responde a sus padres, etc… Digamos que hace lo que una adolescente promedio debe hacer. Mientras que Elia es la niña buena. Es muy responsable, ayuda en casa, reza todas las noches, va a misa y se rige por las estrictas reglas impuestas por sus padres.
Un día, Elia llega a la escuela con moretones, justo después de un altercado en casa (que no vemos en su totalidad). La profesora los ve y alerta a los servicios sociales. De inmediato, se pone en marcha el protocolo establecido para esos casos.
¿Hasta dónde puede intervenir el estado en la crianza que los padres eligen darle a sus hijos? ¿Una nalgada puede ser considerada abuso doméstico? ¿Está mal que los padres decidan criar a sus hijos bajo sus principios religiosos? ¿Está bien separar familias sin tener pruebas de que los hijos corren peligro?
Estas son algunas de las preguntas que nos hace FJORD, la nueva película del Rumano Cristian Mungiu, protagonizada por la siempre excelente Renate Reinsve y por el gran Sebastian Stan.
“Fjord” se vuelve un thriller psicológico y judicial, un género que por acá amamos leer y ver en cine. Si bien este caso llama la atención del pueblo, donde todos se conocen, también salta a la fama mundial a través de las redes sociales, donde Mihai hace un llamado al apoyo de todos los aliados evangélicos y conservadores.
Él defiende la familia tradicional, matrimonio de hombre y mujer. Nos enteramos de esto durante el juicio, donde este tipo de respuestas llegan a través de un interrogatorio que parece estar más dirigido a sus creencias personales que a si maltrató o no a sus hijos. Reciben apoyo de todo el mundo, se organizan manifestaciones y se acusa que el matrimonio está siendo víctima de discriminación religiosa.
Para nosotros, uno de los mayores aciertos de la película es que no te dice que pensar, pero te lleva a cuestionar ambos bandos. Por un lado, cuestionamos la crianza aislada, punitiva y híper exigente que muestran los padres con sus hijos, obligándolos a rezar y estudiar la Biblia a diario. Sobre todo, cuestionamos los castigos que reciben por no hacerlo.
Sin embargo, también cuestionamos lo que nos muestra Mungiu, esta sociedad donde se separa a una familia, padres de sus hijos, sin tener una prueba real de culpabilidad o para sospechar que algo grave sucede. El director rumano, quien ha criticado y señalado la corrupción en su país en sus otras obras, pone la lupa en este ejemplo de país idílico como Noruega. Estos países nórdicos, donde supuestamente hay una sociedad utópica, el estado es de bienestar y todos son felices y educados. Mingiu nos dice: no. NO. No es como creemos ( o como nos quieren hacer creer). Este país abanderado de libertad parece juzgar a esta familia por sus creencias religiosas y su forma de criar a sus hijos. Lo cuál nos vuelve a la pregunta ¿hasta que punto el estado puede interferir en esto?
Las actuaciones de Reinsve y Stan sobresalen sobre todo por su serenidad en medio de la tormenta. Mantienen todo el tiempo la calma y están seguros que la justicia les dará la razón. En su posición, sentimos que muchos habríamos estallado y perdido los papeles. Pero ellos no.
Durante algunas escenas del juicio, es interesante notar como, a través de Mihai, se ponen sobre la mesa todas esas diferencias culturales entre Rumania y Noruega. Dos países que, por más que comparten continente, son diametralmente opuestos en idiosincrasia e ideología. Y de cierta forma, se puede sentir también la intención del director de mostrar cierta discriminación hacia su país y la región de Europa del este (quienes suelen ser mal vistos por el resto del continente).
“Fjord” es una película que te mantiene muy entretenido, un thriller envolvente que te deja muchas preguntas por momento incómodas pero que te llevan a un ejercicio reflexivo necesario en estos tiempos. Una de nuestras favoritas de esta edición de Cannes.

