Dirección: Kohei Kadowaki
Guión: Kohei Kadowaki
País: Japón
Ciertamente el 2025 no fue un gran año para el género de la animación. Luego de una seguidilla impresionante, lo destacable estuvo en el éxito y récords de «Las guerreras K-pop», más no en un nivel y calidad al que nos habían (bien) acostumbrado últimamente. Felizmente, «We are Aliens» ya es la primera gran película animada del año y tan solo el inicio de lo que viene. Que no será poco.
En «We are Aliens»: «Un verano, mientras cursa tercero de primaria, un chico callado llamado Tsubasa conoce a Kyotaro, el centro de admiración de la clase, y ambos se hacen íntimos amigos. Dentro de su pequeño mundo, comparten momentos irremplazables, hasta que un pequeño incidente rompe repentinamente su relación.»
Con tan solo 30 años, y siendo esta su ópera prima, el director Kohei Kadowaki muestra un enorme talento, técnica y ojo detallista para capturar pequeñas porciones del espacio, tiempo y recuerdos universales para todos. Más que nada, de la niñez. Donde, a través de ojos ingenuos e infinita capacidad de asombro, llenamos nuestra memoria de todo aquello que completa la realidad. Y de nuestra respuesta física y emocional ante ello. La lluvia que refleja nuestra imagen. Las huellas de nuestras manos en el pupitre luego de trazar algo en la pizarra con una tiza. Una pelota maltrecha en un riachuelo que merece ser pateada. La sensación del dedo pasando por encima de la esquina de madera de nuestra cama. Y, sobre todo, la amistad. La enemistad. El encuentro y desencuentro.
«We are Aliens» resume de manera proporcionalmente melancólica, graciosa y desgarradora lo que es tener un mejor amigo en la infancia. Y dejar de tenerlo. Que nuestro mundo entero gire alrededor de otra persona fuera de nuestro núcleo familiar. Que nos complete. que sea nuestra sombra y nosotros la de él. Pero que la vida, a veces caprichosa, injusta e inclemente, decide romper por detalles que, en realidad, son menores y pequeñeces en comparación a la enormidad que significa tener a aquel máximo confidente en el día a día. Y donde aquella terrible práctica – que empieza de forma ingenua pero que, de no detenerse, se torna vil y monstruosa – llamada bullying, puede determinarlo todo en el presente y futuro de una persona.
Felizmente el pasado siempre permanece. Como tregua. Como repositorio de felicidad. Como tesoro. Y Kadowaki lo suscribe con un bello y sentido final que pone los pelos de punta. Es solo un hasta luego porque siempre podremos recordarlo.


