martes, octubre 20, 2026

La Gradiva

Opinión

Dirección: Marine Atlan
Guión: Marine Atlan, Anne Brouillet
País: Francia
Reparto: Colas Quignard · Suzanne Gerin · Mitia Capellier · Antonia Buresi. Julie Sokolowski. Hadya Fofana · Mathéo De Carlo

«La Gradiva», de Marine Atlan, podría considerarse una suerte de ópera prima de la directora francesa, quien ya cuenta con varios trabajos como directora de fotografía en su filmografía. Si bien en 2018 presentó un largometraje de apenas 60 minutos, esta nueva película, que alcanza los 145 minutos de duración, podría representar su primer gran trabajo cinematográfico. No es un logro menor si tenemos en cuenta que fue seleccionada para la Semana de la Crítica de la última edición del Festival de Cannes, donde obtuvo el Gran Premio.

En «La Gradiva», un pequeño grupo de estudiantes de secundaria franceses emprende un viaje escolar a Pompeya para explorar sus ruinas y los cuerpos petrificados por la erupción del Vesubio en el año 79 d. C. En esta ciudad fantasma, de pronto, se ven invadidos por una sensación de vértigo. Esa es la premisa.

Lo primero que destaca de «La Gradiva» es la manera tan precisa, cercana y natural con la que remite a los viajes escolares. Todos aquellos que hemos realizado periplos durante nuestra etapa en el colegio —en nuestro caso, por ejemplo, fueron varios años y varios viajes— podemos sentirnos muy cercanos a este grupo de estudiantes y a todo lo que experimentan: las sensaciones, las actividades, los encuentros y desencuentros, la inocencia y el descubrimiento de nuevas experiencias, especialmente aquellas relacionadas con el amor.

Estamos ante un grupo que está próximo a graduarse. Se trata de un viaje de promoción, un viaje final que representa, en el mejor sentido de la expresión, la culminación del coming of age: el cierre de una etapa de la infancia o la adolescencia y el paso hacia la adultez. Es precisamente en ese momento caótico y rebelde cuando este grupo se encuentra y convive. Sus integrantes poseen personalidades diversas que entran en un diálogo constante, pero también en conflicto. Esto ocurre tanto en los espacios privados como en las conversaciones que involucran al grupo entero; en las dinámicas de tú a tú entre mejores amigos; en aquellas que tienen que ver con las relaciones de pareja y el amor; y en las interacciones colectivas que surgen a propósito del propio viaje.
Porque el viaje también implica estudios, visitas guiadas e interpretaciones de obras artísticas. Las pinturas, por ejemplo, pueden admitir más de una lectura, algunas de las cuales se relacionan directamente con aquello que los personajes están viviendo. Así surgen conversaciones en las que cada uno aporta su punto de vista, revelando distintas formas de entender el mundo.

En esos intercambios resulta especialmente interesante observar cómo emergen personalidades diferentes que no solo enriquecen la película, sino que remiten a las realidades que se viven dentro de las aulas. Las propias diferencias entre los estudiantes se convierten en ingredientes para generar colisiones y conflictos que, sin embargo, tienen mucho que ver con una condición fundamental: todavía son muy jóvenes y aún no han terminado de encontrarse a sí mismos.
Existe, entonces, una necesidad natural, aunque también instintiva, de expresar una opinión, de defender una postura y de hacerse escuchar. Sin embargo, esas ideas todavía no están del todo formadas. Es en el propio proceso de opinar, de confrontar al otro y de escuchar perspectivas distintas donde los jóvenes también van construyendo su personalidad. Todo ello está extraordinariamente recogido en «La Gradiva» en numerosos momentos, por no decir a lo largo de toda la película.

Las conversaciones, además, abordan asuntos ideológicos y políticos, así como realidades que, aunque parten de un contexto específico —en este caso, la Francia —, terminan adquiriendo una dimensión universal. Las inquietudes de estos jóvenes trascienden su entorno inmediato y se conectan con preguntas y conflictos que pueden reconocerse en otras sociedades y generaciones.

A ello se suma la presencia de la profesora que acompaña al grupo, un personaje que introduce una perspectiva distinta a la mirada adolescente que domina buena parte del relato. Hasta ese momento, nuestra identificación como espectadores se produce principalmente con los escolares y sus experiencias. La profesora, en cambio, nos sitúa ante una mirada adulta, desde la cual podemos reconocer otras formas de interpretar lo que sucede.
Es interesante cómo esta perspectiva también modifica nuestra propia posición como espectadores. Quizá algunos nos identifiquemos ahora con la profesora, del mismo modo que, en otro momento de nuestras vidas, nos habríamos reconocido en los estudiantes. Quienes han sido o son profesores también pueden encontrar en este personaje una experiencia cercana, pues la película permite comprender cómo cambia nuestra manera de observar y relacionarnos con los demás a medida que asumimos roles distintos. Ya no ocupamos necesariamente el mismo lugar que antes: ahora podemos ponernos en otros zapatos.

Por otro lado, la elección de Pompeya como escenario no es un asunto menor. Este pueblo fantasma, cuyos habitantes y espacios quedaron petrificados tras la erupción del Vesubio, permite una lectura simbólica y metafórica que trasciende el contexto histórico y geográfico de la película. Sin entrar en spoilers, esta dimensión no solo se proyecta a través de los acontecimientos que van desarrollándose a lo largo del relato, sino también mediante un desenlace bastante drástico. En medio de esta vorágine hormonal, las sombras y los espectros que rodean a los personajes adquieren una dimensión particular: remiten también a los cambios, a las incertidumbres y a las transformaciones, a veces tan abruptas, que implica pasar de la adolescencia a la adultez. Así, la ciudad petrificada se convierte en un espacio que dialoga con ese momento de la vida en el que todo parece estar a punto de cambiar, en el que las certezas todavía no existen (seguro nunca) y en el que las experiencias pueden dejar huellas difíciles de borrar.

Finalmente, hay que destacar el apartado técnico de la película, en particular la belleza constante de su fotografía, en la que se percibe la sensibilidad de Marine Atlan. Su talento, su mirada y su ojo fotográfico encuentran en los espacios naturales y los distintos escenarios urbanos de Italia un terreno privilegiado para desplegar toda su belleza visual. Convirtiendo a «La Gradiva» en una de las películas visualmente más bellas y estéticas del año.

8/10

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