martes, septiembre 29, 2026

Digger

Opinión

Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guión: Alejandro González Iñárritu, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone, Sabina Berman
País: EEUU
Reparto:  Tom Cruise, Sandra Hüller, John Goodman, Michael Stuhlbarg, Jesse Plemons, Riz Ahmed y Sophie Wilde.

Alejandro González Iñárritu nunca ha sido un ejemplo de la sutileza. Desde sus primeras obras, se inclinó hacia el lugar opuesto: lo tosco, lo grueso, lo de brocha gorda, lo evidente, lo subrayado. Desde su imagen hasta su guion, pasando por su dramatismo y melodramatismo. Aunque su estilo, dentro de este espectro, ha ido variando y quizás afinando —al menos en el aspecto visual de este cine posmodernista, apoyado sobre todo en la estética de Emmanuel Lubezki—, Iñárritu sigue inclinando su relato hacia esos lugares obvios y excesivos. A esto se suman ciertas pretensiones y egomanías que, además, han sido ejemplificadas también por sus personajes y protagonistas.

Igual, como siempre hemos dicho por acá, que un autor, director o artista tenga un estilo definido, una pluma marcada, es algo que no solo vamos a valorar, sino también disfrutar, esperar, querer y desear. Que conectemos o no con él ya depende de nuestra subjetividad. Lo importante es que exista y que tengamos una gran variedad de miradas cinematográficas. Con Iñárritu, por más que no logremos entrar del todo en su cine, ha habido títulos con los que, por supuesto, conectamos más, tanto nosotros como la crítica en general y el público.

Volviendo un poco a «Digger», este relato se siente casi como una metaficción, no solo dentro de su propia estructura. Y no vamos a entrar en spoilers: creo que es importante no especificar todavía qué es exactamente lo que sucede ni esta suerte de giro que podría decirse que existe en ella. Pero esto no se queda únicamente en la ficción, sino que va más allá, ya que tanto Alejandro González Iñárritu como, incluso más aún, Tom Cruise forman parte del universo de los personajes retratados: de estas egomanías, de estas egolatrías potentes. Obviamente, con la distancia necesaria de seres que son despreciables, psicópatas e ineptos; no estamos diciendo eso de ellos.
Pero es curioso, es gracioso y no resulta sorprendente que hayan decidido contar esta historia, que se hayan juntado para hacerla y que haya salido como ha salido, justamente porque son las mentes, los sujetos detrás y delante de ella.

En «Digger»: «El hombre más poderoso del mundo se embarca en una misión frenética para demostrar que es el salvador de la humanidad antes de que el desastre que ha desatado lo destruya todo.»

El auge de los «tres amigos» mexicanos —Cuarón, Iñárritu y del Toro— ya pasó. Quién sabe si volverá. Tuvo su momento más alto años atrás y fue impresionante cómo conquistaron Hollywood durante años. Obviamente, esto tampoco tenía ni podía durar ni dilatarse por mucho más tiempo. Ya es una maravilla y un éxito colosal que lo hayan conseguido. Algo que probablemente no se vuelva a ver, que tres amigos y de la misma nacionalidad lo logren consecutivamente.

Pero quizás también se empieza a percibir cierto retroceso, cierto hartazgo y, quizás, algún resultado de esta sensación cómoda de conquista del mundo que, sobre todo, se percibe en las últimas películas de Iñárritu, siendo «Digger» quizás el último bastión. La cual es una mezcolanza entre «Bardo» y «Birdman». El director retorna a aquella obra protagonizada por Keaton, que fue un éxito en su momento, pero también regresa porque sigue metido, muy ensimismado en sí mismo, a «Bardo», que fue un fracaso colosal, donde no solo se sentía la pretensión, sino también esta necesidad de autoindulgencia, de aplauso propio, de búsqueda surrealista y de sentirse creador de una próxima obra maestra.
Y eso es muy complejo. Lo es porque, si no se consigue, se siente muy obvia esta búsqueda, y eso es mecha para el fracaso.

«Digger» está mucho más cerca de «Don’t Look Up», de Adam McKay, que de la obra maestra «Dr. Strangelove», de Kubrick. Sobretodo porque se siente tan fría y mentalmente calculada, que termina quitándole peso y fuerza al contenido. Un mensaje que, más allá de que puede ser trillado, y de que lo vemos además 24 horas, 7 días a la semana, en las noticias mundiales sobre estos gobernantes y empresarios que están destruyendo el mundo y que seguramente lo destruirán, necesita ser representado con alma, más allá de un despliegue técnico contundente. Porque en lo que más destaca la película es en su gran diseño de producción, que ha costado muchísimo, y que tiene a Lubezki detrás, un elenco de primera y buenas actuaciones, dicho sea de paso.

Pero cuando vas a presentar personajes exagerados y excesivos, acartonados y caricaturescos para representar, además, a seres que son reales y despreciables y que están al borde de destruir el mundo y la humanidad —una realidad pesimista, pero realista—, hay que tener cierta maestría, ya sea desde la literatura, desde la cinematografía y, obviamente, desde el ser artístico, para que resuene más allá, para que conecte con el espectador y cale y escarbe (Dig) dentro de uno, y no quede como un chiste barato. Resultando además en una película muy poco humana y poco humanista, que busca destruir al hombre, al ser no humano. Sucediendo así una contradicción no planeada donde parece que son ellos mismos quienes están haciendo esta película y quienes se están burlando de sí mismos.
Hay toda una vertiente en ese sentido, con una escena en particular: un monólogo del protagonista (Tom Cruise) que ejemplifica esto.

Y es porque hay un elemento faltante ahí, que sí está constantemente en la película de Kubrick, por ejemplo, y que no está, en cambio, en la película de Adam McKay. Es intangible. Es difícil de explicar. No puede ponerse claramente en palabras, pero cuando existe se siente y, cuando falta, resiente mucho.

Encima, como mencionamos, es protagonizada por Tom Cruise, un personaje muy polémico, que ha sabido, con una gran estrategia de marketing y narrativa —nuevamente, como lo hace su personaje en la película—, cambiar su historia como actor y como persona en Hollywood, siendo además una de las caras de la Cienciología y con varios problemas personales en sus relaciones de pareja, con sus hijos y con actrices famosas. El actor pasó de estar casi cancelado, casi funado, a convertirse en una especie de salvador del blockbuster, salvador del cine, salvador de la pantalla grande. Manteniendo aún mucho de aquel ruido de antaño y de performativo alrededor suyo.

Insistimos, por ende, tiene todo el sentido del mundo que él sea el protagonista de esta película, pero, por otro lado, eso también le quita peso y hace que sea ridículo, contradictorio y contraproducente. Es una paradoja compleja, que no es un logro de la película en sí, del guion y de lo hecho por Iñárritu, sino que simplemente es una conquista de las propias complejidades humanas. Por lo tanto, no se le puede atribuir ese logro al título. En todo caso, a una buena elección de casting y, a la vez, aquella que le quita el alma a la película.

Desde el aspecto técnico, la actuación de Tom Cruise está bastante bien. Una que le va a valer nominaciones. No obstante, insistiría en que está mejor en «Magnolia» y «Ojos bien cerrados», pero aquí tiene todos esos elementos histriónicos que gustan tanto en la temporada de premios. También sobresalen otros integrantes del elenco, como un desmedido John Goodman y un más que correcto Riz Ahmed. Aparte de una gatita animatrónica que se roba muchos momentos del show.

Y mención especial a todo lo que tiene que ver con el diseño de producción, que es colosal, y la escenografía, que realmente está espectacular y que tiene muchas chances de ganar premios. Pero tambien considerando que es una película que ha costado más de 100 millones de dólares y que seguramente/lamentablemente será —y eso ya lo veremos— un fracaso de taquilla. Va a ser la propia Kremlinova de Iñárritu.

Veremos si este bloque de hielo helado termina hundiendo o no las expectativas del director mexicano y del actor estadounidense.

6/10

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