Dirección: Oliver Laxe
Guión: Oliver Laxe, Santiago Fillol
País: España
Reparto: Sergi López, Bruno Núñez, Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson
En Cannes, más que nada, deseamos ver películas autorales, peculiares y disruptivas. Si se puede, iconoclastas y radicales. No todas tienen que o deben ser así, pero cuando aparecen es como sentir el renacer de nuestra cinefilia, el goce por el asombro y la sensación de «por eso hago lo que hago, veo lo que veo, estoy donde estoy». «Sirat» es un grandioso ejemplo de ello. Una película cuyo recuerdo prevalecerá y crecerá con el tiempo. Ese es el mejor elogio que creemos puede hacerse a una obra y el mejor tipo de cine que existe.
En «Sirat» – «Un hombre (Sergi López) y su hijo (Bruno Núñez) llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí deciden seguir a un grupo de raveros en la búsqueda de una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida.»
También es importante recalcar que la premisa no era una que nos interesara particularmente. Incluso, nos generaba cierto rechazo. No somos de raves, caravanas y «Live like a Hippie». Todo lo contrario. Por lo tanto, doblemente (o triplemente) meritorio el que, con viento y marea en contra, Oliver Laxe nos haya atrapado desde los primeros minutos (aquellos donde varios espectadores dejaron sus butacas).
Con la invitación hecha y aceptada, solo quedó entregarse y lo siguiente fue un truco de hipnotismo maestro. Donde uno hace un pacto, a la fuerza y por libre albedrío, con los demonios y seres de luz del cine. Como quien se entrega, cuerpo y mente, a ese psicotrópico que te hará (en el mejor de los sentidos) pedazos. Con aquella música electrónica que potencia el viaje. Previo canto espiritual, como si de un ícaro se tratara, para empezar esa travesía.
«Sirat» también entra en esa nebulosa y mezcla de géneros difíciles de especificar. Más aún cuando el relato debe ser experimentado y cualquier atisbo de historia evitable. Porque, en pocas palabras, es un roadtrip Madmaxiano inexplicable e inefable. Que se debe ver, bailar, retumbar y expiar.
Importante recalcar también la belleza de sus planos generales, el uso desierto y las transiciones. Hay una evocación trascendental que hace ruido con los hechos, pero que también potencian el sentir y sentido de lo que va sucediendo y debe suceder. Tragedia aparte. Esa dicotomía, presentada como tesis en el título de la película y en el texto inicial que lo explica, está siempre presente.
«Sirat» es una experiencia que te pasa por encima. Que trauma cinéfilamente. Que no se puede (ni se quiere) borrar del recuerdo. Que es para el cine. Ese es su templo. ¡Bravo!


