sábado, octubre 31, 2026

Wild Horse Nine

Opinión

Dirección: Martin McDonagh
Guión: Martin McDonagh
País: Reino Unido
Reparto: John Malkovich, Sam Rockwell, Steve Buscemi, Mariana Di Girolamo, Ailín Salas, Tom Waits, Parker Posey

El británico Martin McDonagh, inició su carrera como un director muy querido por un público de nicho que conectaba profundamente con su particular y fascinante sentido del humor. Películas como «Six Shooter» o «In Bruges», donde además compartía créditos con su muso y amigo Brendan Gleeson, se convirtieron rápidamente en pequeñas obras icónicas para ese grupo de seguidores que encontró en su cine una propuesta distinta, irreverente y provocadora.

Luego, como sucede con varios de los directores que van consolidando su carrera, llegó el salto hacia un público más amplio con «Siete psicópatas» y, sobre todo, con «Three Billboards Outside Ebbing, Missouri», película que lo acercó definitivamente a un cine más comercial y al circuito de la temporada de premios, con numerosas nominaciones al Oscar y reconocimientos en distintas ceremonias y festivales. Una vez establecido en ese territorio, McDonagh ha mantenido una trayectoria que sigue esa misma línea, como quedó demostrado también con «The Banshees of Inisherin».

Con «Wild Horse Nine» transita nuevamente por ese camino. Y quizás esta sea su obra más «agringada», en el buen sentido de la palabra. Esto hará que una parte del público conecte especialmente con ella, mientras que otro sector, más inclinado hacia sus raíces británicas, podría no disfrutarla tanto. Nosotros gozamos de ambas vertientes, si se puede hablar en esos términos, y conectamos con las dos. Nos reímos y disfrutamos de su propuesta, aunque debemos admitir que esas carcajadas que nacen desde el alma y retuercen a uno, han aparecido con mayor frecuencia en aquellas películas en las que McDonagh se ha acercado más a la idiosincrasia británica.
No obstante, «Wild Horse Nine» sigue siendo una película bastante graciosa y divertida, con ese humor negro, ácido y cínico que caracteriza al director.

En «Wild Horse Nine»: Poco antes del golpe de Estado chileno de 1973, los agentes de la CIA Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell) son enviados desde Santiago a la Isla de Pascua por su jefe de oficina, MJ (Steve Buscemi). Entre las emblemáticas estatuas de la isla, y mientras los veteranos compañeros se enfrentan a sus oscuros pasados y a las conspiraciones del presente, el nuevo vínculo de Chris con dos estudiantes rebeldes (Mariana di Girolamo y Ailín Salas) amenaza con dar un giro inesperado al viaje de todos a este remoto paraíso.

Es inevitable encontrar conexiones con sus películas anteriores, particularmente con la más reciente, «The Banshees of Inisherin». Aquí seguimos a una pareja de amigos y colegas de distintas edades, uno bastante mayor que el otro, que se encuentran en una isla alejada. La premisa podría remitirnos directamente a aquella película, aunque los vínculos que unen a estos personajes, los caminos que han recorrido y los motivos que los llevan hasta ese lugar son distintos. Su llegada a la isla parece formar parte de una suerte de despedida, de un último trabajo juntos, y esa sensación de fatalidad, de término y conclusión, se percibe desde el inicio, incluso antes de que la propia película la comunique abiertamente.

El personaje interpretado por John Malkovich, quien está genial, transmite esa actitud de quien entona su último canto de cisne. Es un hombre físicamente derrotado, alguien que parece haber llegado a un punto en el que las convenciones sociales, las formas correctas de comportarse y los filtros que regulan nuestra conducta han dejado de tener importancia. Está en una etapa de su vida en la que quiere decir lo que siente y comportarse como le da la gana, en lugar de hacerlo como se supone que debe hacerlo. Lo políticamente correcto ya no existe para él. Quizá nunca existió, pero ahora esa ausencia resulta más evidente que nunca.
Además, él es un personaje moralmente muy gris, por no decir que se mueve dentro de un espectro bastante oscuro y negativo. Y su compañero tampoco escapa de esa condición. Es una constante en el cine de Martin McDonagh encontrar personas que, dentro de la tradicional dicotomía entre el bien y el mal, se inclinan claramente hacia este último. Sin embargo, siguen siendo humanos y tienen sentimientos. Una de las grandes virtudes del director consiste precisamente en conseguir que empaticemos con seres que pueden ser malvados, desagradables, cínicos, miserables o delincuentes.

McDonagh logra esa empatía a través del humor, pero también mediante las pequeñas dinámicas que se producen entre sus personajes. Entre dos hombres malos, entre dos villanos, podemos encontrar facetas, situaciones y formas de relacionarse que revelan algo profundamente humano. En sus vínculos aparecen la amistad, la complicidad y distintas manifestaciones del amor, ya sea filial o de pareja. Son emociones y comportamientos que nos constituyen como seres humanos y que no desaparecen necesariamente por encontrarnos del lado del bien o del mal. Y es precisamente en esa contradicción donde su humor negro encuentra buena parte de su fuerza.

Si bien John Malkovich está excelente y este papel podría significarle nominaciones y quizás premios, también es importante recalcar el trabajo de Sam Rockwell, cuyo timing cómico resulta indispensable para que el humor termine de funcionar. Su interpretación es necesaria para prender la mecha de las situaciones cómicas que propone el personaje de John, pero también para darles ese último golpe que necesitan, esa chispa final que hace que el fuego termine de encenderse por completo. Su papel secundario es fundamental para que la dinámica entre ambos funcione, y conseguir ese equilibrio es mucho más difícil de lo que parece.

Por otro lado, también es importante mencionar que probablemente «Wild Horse Nine» sea la película más política de Martin McDonagh. Y eso se siente especialmente relevante en estos tiempos, cuando, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia, parece que todo vuelve a repetirse: el poder permanece en las sombras y los titiriteros vuelven a ser los mismos, si es que alguna vez dejaron de serlo. En distintas ciudades, pueblos y países, estas estructuras de poder se manifiestan de diferentes maneras, adaptándose a sus respectivos contextos, pero conservando dinámicas que resultan inquietantemente familiares.
En ese sentido, es interesante cómo la isla, sus cabezas visibles y las propias dinámicas y jerarquías que se van estableciendo en ese lugar abstraído, separado y alejado de la realidad cotidiana funcionan como metáforas, proyecciones y símbolos de estructuras políticas mucho más amplias. El aislamiento permite encerrar esas relaciones de poder en un espacio delimitado, observarlas de cerca y exagerarlas en distintos niveles y de diferentes maneras. Cada personaje, cada rol y cada vínculo terminan relacionados con esa dimensión política de la narración.

Sin embargo, lo interesante es que McDonagh no convierte necesariamente esa dimensión en un discurso separado de la historia que quiere contar. Por el contrario, la política se incorpora a las relaciones entre los personajes, a sus comportamientos, a sus contradicciones y a las situaciones que atraviesan. Es una película que utiliza un relato particular, concentrado en un grupo de personajes y en un espacio muy concreto, para encerrar dentro de sí algo mucho más amplio. Así, lo que sucede en la isla trasciende sus propios límites y termina proyectándose sobre una realidad que, aunque parezca lejana, no deja de resultarnos familiar.

7/10

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