Dirección: Markus Schleinzer
Guión: Markus Schleinzer, Alexander Brom
País: Austria
Reparto: Sandra Hüller, Caro Braun, Marisa Growaldt, Godehard Giese.
Sandra Hüller es una de las grandes actrices del momento. Su salto a la fama internacional llegó gracias a la extraordinaria «Toni Erdmann», mientras que su consagración definitiva vino con el protagónico de «Anatomía de una caída», una de las recientes ganadoras de la Palma de Oro del Festival de Cannes. Su estatus actual le ha permitido llegar a 2026 con cuatro estrenos importantes, varios de ellos presentes en las conversaciones sobre la temporada de premios. Es el caso de «Proyecto Fin del Mundo», donde podría conseguir una nominación como actriz secundaria, o de «Fatherland», la nueva película de Paweł Pawlikowski, en la que también podría encontrar un lugar en esa misma categoría. A estos títulos se suman papeles más pequeños, como el que interpreta en «Digger», de Alejandro González Iñárritu, y, sobre todo, su extraordinario protagónico en «Rose», donde su interpretación es el alma, el cuerpo y el espíritu de esta peculiar película de corte arthouse, estrenada y presentada en competencia en la Berlinale.
En «Rose» nos trasladamos a principios del siglo XVII, cuando un misterioso soldado llega a un aislado pueblo protestante de Alemania y se presenta como heredero de una granja abandonada. Aunque demuestra ser un buen hombre y consigue integrarse en la comunidad, las sospechas de los aldeanos sobre su identidad aumentan hasta desembocar en un ajuste de cuentas.
«Rose» representa otra gran oportunidad para Sandra Hüller de demostrar su enorme talento, sus capacidades interpretativas y la amplitud de su registro, esta vez al interpretar a una mujer haciendo de hombre. Lo interesante es que lo hace desde un lugar en el que el espectador no solo sabe que el personaje está fingiendo ser alguien que no es y que ha robado una identidad que no le pertenece, sino que también percibe que, más allá de cierto maquillaje en el rostro, la masculinidad que construye no llega a ocultar por completo a la mujer que hay detrás del personaje. El artificio transforma a la actriz, pero no borra del todo esa otra identidad que permanece debajo de la representación.
Lo cual genera una sensación extraña que se mantiene a lo largo de toda la película. Una sensación que no solo impulsa la actuación de Hüller, sino que la actriz aprovecha para sumergirnos en una experiencia constantemente críptica e inquietante. Su interpretación no busca necesariamente disipar las dudas, sino que parece alimentarlas, haciendo que nuestra percepción del personaje permanezca en un estado de incertidumbre.
De hecho, una constante en «Rose» es la dificultad para descifrar qué quieren los personajes, qué desean, qué buscan, qué va a suceder o, incluso, qué es exactamente lo que la película quiere decirnos. Hay una opacidad que atraviesa el relato y que se extiende también a determinados acontecimientos que, sin entrar en spoilers, carecen de una explicación clara sobre su origen o su motivación. La decisión del director, Markus Schleinzer, de introducir estos sucesos sin revelar necesariamente su génesis ni explicar cómo ocurren refuerza esa oscuridad. El resultado es una experiencia extraña, misteriosa y críptica que termina convirtiéndose en uno de los rasgos definitorios de la película.
Estamos, como ya hemos mencionado, ante una obra profundamente vinculada al cine de autor y al arthouse. En ese sentido, su presencia en la Berlinale parece natural. También lo es su ritmo, que podría considerarse académico, en tanto responde a una construcción muy calculada, pensada y cerebral. «Rose» se siente como una película en la que cada elemento ha sido cuidadosamente dispuesto para ocupar su lugar, desde la puesta en escena hasta las decisiones formales que determinan la manera en que se desarrolla el relato.
Sin embargo, esa precisión también puede generar cierta frialdad en el plano emocional. La película parece privilegiar la construcción intelectual, la observación y el misterio por encima de una conexión más directa con sus personajes. Esta distancia se contrarresta, en buena medida, gracias a la fuerza y el poder de las actuaciones, tanto de Sandra Hüller como de su coprotagonista, Caro Braun, quien también realiza un trabajo destacable.
A ello se suma una propuesta visual de enorme belleza, construida a partir del blanco y negro, los claroscuros y una utilización de marcos y de la profundidad de campo que aporta una dimensión estética fundamental. La fotografía no solo acompaña la historia, sino que contribuye a consolidar esa atmósfera enigmática y distante que envuelve a los personajes. Hay una profundidad visual que, de alguna manera, contrasta con aquella que la película parece reservarse en el plano emocional, ya sea porque no termina de desarrollarla o porque decide mantenerla deliberadamente fuera de nuestro alcance.
En ese contraste reside buena parte del interés de «Rose»: una película que encuentra en la interpretación de Sandra Hüller, en su estética rigurosa y en los misterios que se niega a resolver las herramientas para construir una experiencia cinematográfica tan fascinante como desconcertante.

