domingo, octubre 25, 2026

Kinra – 28FCL

Opinión

Dirección: Marco Panatonic
Guión: Marco Panatonic
País: Perú
Reparto: Raúl Challa, Tomasa Sivincha, Yuri Choa, Marcosa Huamani, Lizbeth Cabrera

Hace unos meses y gracias a «Kinra» (y a Marco Panatonic (y a todos los integrantes de la película)) el cine peruano se alzó con el Astor Piazzola a Mejor Largometraje en el 38° festival de Mar de Plata, el premio más importante de aquel certamen. Siendo este un festival de cine de clase A (el único en Latinoamérica), que involucra a los más prestigiosos del mundo (Cannes, Berlin, Venecia, etc). Algunos diarios argentinos titularon la noticia como un hecho inesperado e histórico, “una película en quechua ganó el Festival de Cine de Mar de Plata”, el jurado internacional que otorgó el premio lo justificó de la siguiente manera: “por la forma en la que cuenta una fuerte historia a través de una potente puesta en escena que permite observar la humanidad de los personajes. Un verdadero descubrimiento”, mientras que varios críticos de cine coincidieron con que fue el gran hallazgo de esta última edición. Cuestión que fue un baldazo de agua fría para Alejandro Cavero quien dice, tan campante y seguro de sí mismo, que el cine peruano es malo y que no gana nada. O para aquel intento de ley que Tudela y compañía están intentando imponer como a de lugar.

Hace unos días, «Kinra» también participó en el Festival de Cine de Lima, haciéndose con varios premios y coronándose, para quienes escribimos estas líneas y manejamos esta página, como la gran película peruana del año (de varios años). De la cual quedamos profundamente enamorados.

En «Kinra», Atoqcha un joven andino, está buscando su futuro en Cusco, ciudad más próxima a dónde creció. Decide visitar a su madre que aún vive sola en el campo. Conversan mientras trabajan la chacra, su madre se queja que ya no le visitan ni él ni su hermana, también se da cuenta que él ya no va a regresar. Se despiden. Meses después Atoqcha y su hermana regresan para visitar la tumba de su madre madre, que fue enterrada en la misma casa. Cada uno toma un camino diferente pero Atoqcha quisiera quedarse, aunque tiene muchas cosas que resolver. 

De arranque en «Kinra», Panatonic nos invita a vivir esta experiencia a su ritmo, con sus tiempos, contemplación y respiración. Los primeros minutos sirven para que el espectador se acomode a esto, se asiente y conecte. No es casualidad que el título de la película recién aparezca pasado casi un tercio del metraje, momento donde, entre comillas, el relato empieza. Siguiendo la travesía de Atoqcha, personaje a través del cual Panatonic conversa sobre temas tan íntimos como relevantes, así como específicos de un espacio y a la vez universales: La migración, la madre, la tierra, la amistad, las oportunidades y búsquedas. Con metáforas, simbolismos y literalidad. Pero no lo hace de una manera melodramática, dura y desgarradora, sino abrazándolo con ironía, humor y mucha sensibilidad.

Hay además, detrás de esto, fuera de foco incluso, bastantes mensajes, política y reclamos, pero siempre desde una mirada serena, dándole la batuta al espectador. Quien a cierta altura se encuentra totalmente compenetrado con una amistad hermosa y natural, que uno quisiera acompañar por varias horas más. Panatonic consigue de esta manera aquietarnos, por no decir domarnos, para que aquello que se quiere narrar, cuestionar e introducir, llegue de la manera correcta. Cale en uno.

También hay en «Kinra», y esto es algo obvio en la puesta de escena y aún más evidente al escuchar a Marco, muchas influencia de cine foráneo. Las referencias son varias y los autores muchos, encontrando en esas múltiples maneras de narrar aquellas idóneas para retratar lo retratado. Y, aunque siempre hay referentes en el cine peruano que optan por ello, no son muchos y son aún menos los que consiguen realizarlo con tan buena mano, tino y ojo. Cuestión que se puede vislumbrar sobre todo en la naturalidad de los personajes y sus acciones, donde los actores y actrices – las personas – son ellos mismos. Consiguiendo una sensación de veracidad total que impulsa todo aquello que se desea contar. Panatonic se quita la responsabilidad y se la otorga al equipo completo, a la comunidad, y es un hecho que es así en el cine. Más aún en este tipo de cine. Pero también hay que darle el mérito a quien logra dirigir las piezas y hacer que la melodía funcione.

Finalmente es curioso, e incluso poético, que el último gran reconocimiento del cine peruano suceda en suelo argentino. Un país que también tiene su industria cinematográfica amenazada. Esta hermandad tácita entre ambos países, tangible en conflictos, guerras y encuentros, extendió hace unos meses la mano izquierda con el hincha peruano pidiendo la foto con Messi y la firma del astro, y la mano derecha hace otros meses para, en Mar de Plata, entregarle el merecido premio a Panatonic.



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