Dirección: Phil Lord, Christopher Miller
Guión: Drew Goddard. Novela: Andy Weir
País: EEUU
Reparto: Ryan Gosling, Sandra Hüller, James Ortiz, Lionel Boyce, Ken Leung, Milana Vayntrub y Priya Kansara.
No es casualidad que detrás de «Proyecto Fin del Mundo» (Project Hail Mary) estén Phil Lord y Christopher Miller, una dupla que ha construido su filmografía pensando en un público amplio. Uno donde conviven la audiencia infantil y el “niño interior” que todo adulto lleva en sus entrañas. Ahí radica su éxito. Prueba de ello son sus «Spider-Man: A través del Spider-Verso», «La gran aventura LEGO» o «Lluvia de hamburguesas», que gustaron a grandes y chicos.
De esta manera, «Proyecto Fin del Mundo» se presenta como una continuación natural de su estilo, solo que llevada al cine de carne y hueso. Sin embargo, hubo un runrún luego de su estreno mundial – amplificado por las redes sociales— que ha intentado ubicarla en un pedestal inadecuado. Se ha hablado de ella como si fuera “la gran película de ciencia ficción del año”, incluso adelantándose a lo que solo el tiempo puede determinar, y ubicándola desde ya como un «nuevo clásico del género». Las hipérboles clásicas que suelen hacer más daño que otra cosa. Más aún cuando en el horizonte se asoma «Disclosure Day», el esperadísimo retorno de Steven Spielberg a la ciencia ficción.
Pero «Proyecto Fin del Mundo» no es —ni quiere ser en principio— un clásico instantáneo. No tiene grandes ambiciones como las de reconfigurar el género ni instalar nuevas imágenes en nuestra memoria colectiva. Es bastante más modesta y honesta consigo misma. Es una película de ciencia ficción familiar que entiende perfectamente las reglas de juego, ejecutándolas con eficacia: Es divertida, tierna y simpática. Y se construye (y consolida) a partir de la bella relación nuclear entre ambos protagonistas.
De un lado tenemos a Rocky, una suerte de araña de piedra entrañable. Los lectores de la novela original han señalado (seguramente con razón) que su inclusión en los avances diluye el efecto sorpresa; pero también es cierto que, en términos publicitarios, su presencia resulta casi indispensable para vender la película. Es un gancho asegurado. Y uno que cumple con creces, ya que Rocky tiene todo lo necesario para convertirse en un personaje icónico, siempre y cuando el éxito comercial lo acompañe.
Del otro lado se encuentra Ryan Gosling. Quien acá vuelve a confirmar algo que el star system contemporáneo parece haber olvidado: el carisma. Cuando es genuino, puede sostener una película casi en solitario. Esa soledad que además termina siendo una de las dimensiones más logradas de la película. Gosling carga con el peso del relato, compartiendo pantalla en buena parte del metraje, con un personaje invisible. Que no existe en términos prácticos. Son pocos los actores, por más talentosos que sean, que pueden conseguirlo con tanta facilidad, ligereza y desparpajo. Va más allá de las capacidades personales. Sin entrar en el terreno de la «funa», un actor como Timothe Chalamet, quien estuvo a dos entrevistas menos de conseguir su ansiado Oscar, probablemente tropezaría en un rol como este. No es para todos.
Imposible no mencionar, aunque aparezca en un papel secundario, a Sandra Hüller. Una de las actrices más versátiles de la actualidad. Cada uno de sus personajes es particular, distinto o radicalmente opuesto. Es casi imposible saber quién es la actriz y cómo es fuera de sus papeles. Tiene, además, un momento —una escena de karaoke nacida, según se ha contado, desde una suerte de improvisación— que resume bien el espíritu de la película y de su esencia.
Finalmente, Lord y Miller apuestan por una puesta en escena y edición enfocada sobre todo en el ritmo. La película nunca pierde el pulso, incluso cuando su estructura —con saltos temporales — podría haber generado pausas y bajones marcados. Hay momentos de suspenso (que rememoran a “Interstellar”) bien dosificados, pasajes emotivos con posibilidades lacrimógenas y un movimiento de cámara peculiar y constante que, apoyado en la ausencia de la gravedad, crea transiciones giratorias para trasladarnos entre escenas, espacios y tiempos.
«Proyecto Fin del Mundo» se instala cómodamente – valga la redundancia – en una zona de confort con un objetivo claro y directo. Entretener y enternecer. Consiguiéndolo con solvencia y sin ínfulas de grandeza. Y a veces, en medio de tanta pretensión, eso basta. Y sobra.

